Una rana, un astronauta y… ¿un sátiro comiendo helado?

Parece mentira que tras ya casi seis años viviendo en España no había dedicado siquiera un un fin de semana, un día, para visitar la bella e histórica ciudad de Salamanca.

Afortunadamente este error fue fácil de corregir y con motivo de la visita de mis padres, y sobre todo impulsada por el gran deseo de mi papá de conocer la casa de Don Miguel de Unamuno, encontré la excusa perfecta para organizar el paseo.

Salimos temprano de casa para tomar el primer tren de la mañana, e hicimos bien, porque se trata de un viaje de dos horas y media (desde Madrid) que puede parecer interminable si no se lleva buen material de lectura y algo para desayunar en el camino, como fue nuestro caso. 🙁

Una vez en Salamanca y siguiendo la muy buena recomendación del revisor del tren, en lugar de bajarnos en la estación del mismo nombre, bajamos en el apeadero de Renfe: Salamanca-Alamedilla, que nos dejó mucho más cerca del centro histórico de la ciudad.

He de admitir que el viaje fue agotador, pero que todo rastro de cansancio desapareció cuando caminando entre las calles sentimos el aroma de los hornazos que abarrotaban los escaparates de todas las panaderías y restaurantes que encontramos a nuestro paso. Esta especie de empanada, típica de la Pascua, es una de las delicias que ofrece la gastronomía salmantina.

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