Fotos de la semana Nº 35, 2013: el gigantesco castillo de Malbork

La verdad no recuerdo cuándo descubrí la existencia del castillo de Malbork. Probablemente estaba buscando información sobre algunos de los castillos europeos más bonitos e interesantes para obtener ideas sobre dónde podría llevar a Natalie, puesto que ella es una gran enamorada de los castillos.  Al ver las fotos, quedé impactado, y mientras más leía sobre el mismo, más ganas tenía de ir a conocerlo.  ¿Cómo resistirse a la estructura de ladrillos más grande del mundo, la cual además fue la sede de la medieval Orden de los Caballeros Teutones?  Debo confesar que siento una fascinación especial por la historia antigua y medieval, y las órdenes religioso-militares me parecen muy interesantes.  De hecho, espero algún día poder visitar el Crac de los Caballeros, una de las fortalezas más importantes de la Orden de Malta.

El problema que presentaba Malbork era cómo llegar.  El aeropuerto más cercano es el de Gdansk, el cual no es precisamente en el que se encuentran los vuelos más baratos.  Así pues, lo más conveniente sería hacer un viaje más o menos largo por Polonia.  Justamente la oportunidad se presentó este año, cuando supe que iría a un torneo en la capital polaca, Varsovia.  Natalie, nuestro pequeño viajante y yo pasamos diez días en Polonia, y aprovechamos para conocer la fortaleza de Marienburg, o castillo de María, el nombre original de este castillo.  Al acercarnos al mismo, su inmensidad se fue haciendo cada vez más evidente.  Luego nuestra impresión fue mayor al enterarnos de que lo que se ve hoy día es solamente el castillo alto y el medio, ya que el castillo bajo quedó destruido y todavía no se ha restaurado.

El interior del castillo es precioso, con ese rojo ladrillo omnipresente que lo llena de vida.  Nos pareció muy llamativo el claustro del castillo alto, puesto que no habíamos conocido todavía un claustro medieval construido con ladrillos.  Y las vistas desde lado opuesto del río Vístula son impresionantes, aunque lamentablemente la lluvia nos acompañó durante toda nuestra visita y no pudimos contemplar un buen atardecer o amanecer con el reflejo del castillo en el río mientras los rayos dorados del sol teñían de naranja los ladrillos del Marienburg.  Justamente eso era lo que más anhelaba admirar en Malbork, y me quedé con las ganas de ello.  Como suelo decir en muchos casos, nos quedó pendiente y es una buena excusa para volver.

Sé que volveré.  Mientras tanto, me quedan estas fotos, para recordar mi visita y también para compartirlas con nuestros lectores.  Si te gustan, síguenos en Twitter y/o Facebook y permítenos mostrarte el mundo a través de nuestros ojos.

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